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Irving: un año honorable
First, diciembre de 1999

En Lawrence de Arabia, el film de David Lean, hay una escena a primera vista pueril, pero que con el tiempo, descubro, generó algo parecido a un vicio que es necesario satisfacer lo más pronto posible. Luego de uno de los tantos saqueos a un tren turco, los guerreros de Auda Abu Tayi (maravillosamente personificado por Anthony Quinn), saquean todo lo que pueden en pago por sus servicios. En medio del fragor aparece Auda, feliz, trayendo consigo un gigantesco reloj de péndulo en las manos: quiere que Lawrence escuche el gong. Lo pone en hora, espera, y ningún sonido sale de él. Lo sacude; no oye nada. Entonces lo arroja al piso, haciéndolo pedazos, y dice a Lawrence la frase que quedó grabada en mi memoria desde la primera vez que la oí: “Se acerca fin de año y debo llevarme a casa algo honorable”.
Algo digno de ser honrado. Algo honorable. Pero no es tanto el significado de esa palabra como esa especie de plazo inminente: antes de fin de año. Desde entonces tengo la vaga sensación, cuando se acerca el mes de noviembre, de que tengo que leer algo “honorable”, de que no puedo saltar al año siguiente sin llevarme una lectura reconfortante, perfecta e inolvidable. Esto se traduce en una ansiedad creciente, que hace que a comienzos del año lea libros con comodidad, sin apuro, y que a partir de noviembre el acto de leer se vuelva frenético, desesperado, hambriento. Debo encontrar algo honorable antes de que finalice el año. Por suerte, 1999 me regaló a tiempo el último libro de John Irving, Una mujer difícil.
El libro podría definirse como una comedia negra y sofisticada, repleta de personajes y de libros que esos personajes escriben, historias ya escritas e historias que deberían escribirse. La perfecta máquina narrativa de Irving, puesta en movimiento, no provoca el más mínimo desgaste. Uno se siente tentado a creer que todo lo que puede decirse de un automóvil puede decirse también de un libro como éste: cómodo, silencioso, velocísimo; ni una sola vibración, ni un solo ruido; todo encastra perfectamente, todo parece pulido y terminado, todo tiene sentido, todo fluye sobre la invisible ruta del placer mudo.
Resumir el argumento de cualquier novela de Irving es casi una aventura subterránea, algo así como un viaje al centro de la tierra de la fábula. La tarea no puede resultar más penosa y, lo que es peor, inútil: jamás hará justicia al modelo. Para aquellos que ya hayan sucumbido al bacilo Irving basta decir que revivirán la neurosis obsesiva de las épocas de El mundo según Garp, que no pensarán en otra cosa que en volver a casa para seguir leyendo, como ocurría con Oración por Owen, y que volverán a recurrir a esos calificativos un poco decepcionantes que comparan a Irving con el mejor Dickens. Es decir, tendrán nuevamente entre las manos una novela parecida un baúl, del que podrán extraer baúles cada vez más chicos, para ver todo lo que Irving puso dentro de ellos. La novela contiene: tres relatos infantiles y sus respectivos comentarios; una o más tragedias; un accidentado viaje a Amsterdam; un manual de conducción de automóviles; varias biografías patéticas; una verdadera historia de amor; un paseo por el barrio chino de Hamburgo; algunos buenos consejos para ganar jugando al squash. Y no vayan a creer que eso es todo, y que todo eso les sea dado de manera fragmentada, a las corridas.
El repertorio de las fórmulas críticas que giran en torno a Irving es limitado, tolera un cierto número de combinaciones, después de lo cual entra en estado de sordera y catalepsia. Se trata de enunciados mágicos, abracadabras, superlativos más o menos inevitables que terminan dando náusea y provocando vértigo cada vez que los oímos. Irving desciende a niveles más vertiginosos. Toda la obra de los grandes escritores se inclina por sí sola bajo el peso de las interpretaciones, los comentarios, los análisis y las dilucidaciones. Pero nosotros (“los que vivimos nuestra vida”, diría Cortázar) sabemos del peligro que corre el crítico de volverse cada vez un poco más hipócrita. El caso Irving es tan complejo que ofrece por sí solo todos los elementos para una meditación general sobre el significado de la novela. Todo aquel que se le aproxima debe de inmediato lidiar con la explícita convicción de que sus obras poseen una doble trascendencia: expresa una conciencia más o menos articulada de la presencia o ausencia de Dios en los asuntos humanos, y a otro nivel, el puro impacto de su obra en nuestras vidas, la manera magistral que tiene de ocupar nuestros pensamientos y de influir en nuestro comportamiento, lleva directamente a la cuestión de la creación.
Aun el menos “crítico” de sus lectores no podrá evadir la preocupación por intentar discernir cómo está narrado eso que está leyendo, con la infeliz presunción de entender cómo puede alguien, simplemente haciendo uso de papel y lápiz, transmitir de manera tan “real” lo que tiene en el corazón. Con Irving no es muy difícil prever lo que va a venir: uno presiente, ve cómo se aproxima lo que intuye, más cerca, un poco más cerca cada vez. El problema es que nunca consigue ver “todo” lo que viene. Y lo que ocurre es que Irving se toma su tiempo para llegar a la meta, tal vez porque lo que pretende es que el lector “prevea” casi tanto como quiere que “vea”. No hay afectación: su recurso consiste justamente en no hacer uso de ningún recurso. O dicho de otra forma: su recurso consiste en quitarle naturalidad a lo narrado, volviéndolo incluso artificial, porque es posible que de otro modo Irving no sea capaz de inventar historias. También es probable que como su lectura es fluida y ligera, como la trama se mueve coherentemente hasta su resolución, como en ella hay una total ausencia de dificultades, alguien acuse a Irving de simplista (cosa que ya le ocurrió a otros autores, Vonnegut por ejemplo). Como es una novela fácil de leer pensará que fue fácil escribirla.
Hasta es posible que a alguien pueda no gustarle el Eddie O’Hara de Una mujer difícil, pero es muy difícil que no le guste Una mujer difícil. Ted Cole no sólo es un vulgar tramposo; no sólo es un “pícaro”: también es digno de desprecio. Ya en Doble pareja uno sentía que Irving escribía sobre gente a la cual no era posible admirar. Aquella era una novela llena de historias dentro de historias, dobleces y desvíos. También Una mujer difícil lo es.
Irving pertenece a esa generación de escritores que lograron sacudirse una tradición largamente arraigada en la narrativa norteamericana, la idea de que las experiencias y los recuerdos de un escritor constituyen el fundamento de su obra. El mandamiento hemingwayniano: “¿Quieres ser escritor? Ve a cazar, ve a la guerra, ve a los toros; después siéntate y escribe”. El arte es esencialmente selectivo y la memoria no lo es. La mayoría de la ficción autobiográfica norteamericana está bajo el yugo de lo mucho que significan para los intelectuales norteamericanos sus desgracias. En Estados Unidos varias críticas han dicho que Una mujer difícil es una novela encantadora, triste, llena de sabiduría y bien escrita, pero que no podía considerársela “seria” porque a pesar de desarrollarse entre 1958 y 1995 no hay en ella ni una palabra sobre Vietnam. Esta especie de falsa ingenuidad, esta obnubilación sociológica que cree que la literatura está obligada a hablar de los problemas sociales con una inmediatez propia de las tiras humorísticas, que piensa que para ser escritor hay que sufrir del síndrome del instinto cultural, todavía sobrevive. Irving es un escritor verdaderamente serio: para él, ser popular o desconocido no es más que un malentendido.
Uno podría tomarse el trabajo de comparar a John Irving con Joseph Heller, John Hawkes, Kurt Vonnegut, Günter Grass, John Cheever y Charles Dickens (de quien aprendió a llenar las páginas de: “y entonces... y después... luego”), pero no llegaría muy lejos. Lo que los une y los relaciona es lo que le enseñaron y lo que Irving aprendió. Todos ellos han demostrado un cierto extremismo en el lenguaje, cada uno a su manera, pero las más íntimas estructuras, los sentimientos más profundos, lo que revelan es un desmedido amor hacia los personajes sobre los que escriben.
¿Cómo hablar de un libro como este? ¿De qué sirve decir que el capítulo en que Ted Cole cuenta a Ruth los detalles del accidente de tránsito que acabó con la vida de sus hermanos está narrado con una energía increíble? El que no ha visto a Ruth escuchando, muda, tratando de conducir el Volvo de su padre por la ruta mientras la vista se le nubla por las lágrimas no ha visto nada, ignora lo que es bello.
Pero entiéndase bien: la escritura no se juzga en términos de libertad y destino, sino atendiendo al poder que tiene el genio para arrojarse contra los objetos en una invención perpetua, arrastrado por la necesidad de embellecer y perfeccionar las cosas. Esa necesidad que hace, por ejemplo, que un amanecer como cualquier otro tenga la densa bruma que con tanta frecuencia rueda en alta mar, o que una simple cicatriz en el dedo índice, pequeña, casi invisible, embadurnada con el ketchup que la ha hecho revivir, sonría cautamente a su feliz poseedora.